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Una británica frente a la ola que desafía los récords

La escena ocurrió en Nazaré, Portugal, donde el océano no admite errores ni épica impostada. Allí, Laura Crane fue remolcada hacia una pared de agua que podría convertirse en la ola más grande jamás surfeada por una mujer. Los jueces aún deben certificarlo, pero la sospecha ya pesa como el mar en invierno.

Crane, oriunda de Devon, se lanzó a unos 48 kilómetros por hora tras escuchar una advertencia simple y brutal de su piloto de moto acuática: “Esto va a ser una bomba”. Lo que siguió, según ella, fue una sensación cercana a volar, aunque el verbo quizá quede corto cuando el miedo y la adrenalina se disputan el cuerpo.

En Nazaré, el espectáculo no es casual. Un cañón submarino de varios kilómetros de profundidad multiplica el tamaño de las olas hasta alturas equivalentes a edificios de diez pisos. Es un santuario para el surf extremo y, al mismo tiempo, un recordatorio permanente del riesgo: lesiones graves, rescates al límite y muertes que nadie olvida.

La posible hazaña de Crane se mide ahora contra un antecedente pesado: los 22,4 metros que la brasileña Maya Gabeira surfeó en 2020. La comparación llevará tiempo, meses quizá, porque en este deporte la precisión no se improvisa y los récords se calculan cuadro por cuadro.

Más allá de la cifra final, la historia personal empuja con fuerza. Crane fue la primera británica en enfrentar Nazaré en 2024, sufrió una fractura de tobillo entrenando y pasó el año entero reconstruyendo cuerpo y cabeza para volver. El regreso no fue decorativo: fue una apuesta total.

Su carrera también expone una grieta incómoda en el mundo del surf profesional. Patrocinios que pedían más poses que maniobras, presiones estéticas, un trastorno alimentario y una industria que —según ella— trató durante años a las mujeres como vitrinas antes que como atletas.

Hubo incluso un paréntesis errático, una incursión en la televisión de reality y una sepsis que la devolvió, a golpes, a lo esencial. El océano, otra vez, como lugar de pertenencia y de prueba.

Prepararse para Nazaré exige fuerza, técnica y meses de entrenamiento respiratorio, pero Crane insiste en que lo decisivo es otra cosa: aprender a mantener la calma cuando todo invita al pánico. En ese punto, la ola deja de ser solo una marca posible y se convierte en un espejo.

Si el récord se confirma, será una noticia grande para el surf británico. Si no, quedará igual una certeza incómoda y elegante: en Nazaré, el verdadero triunfo no siempre se mide en metros, sino en atreverse a no mirar hacia otro lado cuando el océano se levanta.

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