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El récord que ya no sorprende

Sabado 27 de junio de 2026
Durante muchos años el fútbol discutió quién era el mejor. Hoy la conversación parece haber cambiado. Ya no se trata únicamente de comparar talentos, sino de intentar comprender cómo un jugador consigue seguir ampliando los límites de lo posible cuando la mayoría de sus contemporáneos ya observa los Mundiales desde la tribuna o la televisión.

Lionel Messi volvió a marcar. Otra vez. Y con ese gol alcanzó una marca que ningún futbolista había conseguido: convertir en siete partidos consecutivos de una Copa del Mundo. Los récords, que suelen ser estaciones de llegada, en su caso parecen transformarse simplemente en una parada más del viaje.

Hay futbolistas que necesitan el balón para hacerse notar. Messi produce el efecto contrario. Antes incluso de ingresar al campo, mientras realizaba el calentamiento, todas las miradas abandonaron el partido para seguir sus movimientos. Hasta el juez de línea debió modificar su recorrido para esquivar la multitud de cámaras, custodios y curiosos que espontáneamente rodeaban al capitán argentino.

Resulta curioso observar que el protagonista continúa reaccionando con absoluta naturalidad ante semejante fenómeno. No busca el centro del escenario. Simplemente acepta que hace tiempo el escenario decidió girar alrededor suyo.

Sin embargo, los Mundiales rara vez se ganan con un solo nombre. Allí radica una de las noticias más alentadoras para Lionel Scaloni. Mientras Messi continúa escribiendo estadísticas destinadas a sobrevivir generaciones, otros comienzan a levantar la mano para compartir responsabilidades.

La actuación de Lautaro Martínez dejó precisamente esa sensación. Más activo, más decidido y, sobre todo, más liberado de los fantasmas que lo acompañaron en anteriores grandes torneos, el delantero encontró el gol y, quizás más importante aún, recuperó la confianza. En el fútbol de alta competencia, ambas cosas suelen viajar juntas.

La aparición de nuevos protagonistas reduce una dependencia que durante años pareció inevitable. Lo Celso aportó calidad desde la pelota detenida, el mediocampo mostró mayor fluidez y Argentina volvió a ofrecer la imagen de un equipo que no solamente espera una genialidad de su capitán, sino que también construye respuestas colectivas.

El cuadro del campeonato, además, aparece razonablemente favorable para la selección campeona del mundo. Pero la historia enseña que ningún Mundial se conquista observando el calendario. Cada ronda comienza de cero y cada rival representa un examen distinto, independientemente de su nombre.

Mientras tanto, Messi continúa haciendo lo único que parece conocer desde hace casi dos décadas: jugar, asistir, marcar y romper récords con una naturalidad desconcertante. Quizá el mayor privilegio de esta generación no consista en debatir si es el mejor de todos los tiempos, sino en haber sido testigo de una carrera que convirtió lo extraordinario en una rutina dominical.


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Desde aquella invitación publicada en The Standard hasta el fútbol de nuestros días.



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