
La Copa del Mundo comenzó como suelen comenzar las grandes fiestas populares: con ruido, color, expectativas y una multitud dispuesta a olvidar durante noventa minutos todo aquello que ocurre fuera del estadio. En el Estadio Azteca, México derrotó a Sudáfrica por 2 a 0 y puso en marcha el torneo más grande de la historia, aunque también el más discutido.
Durante meses se habló de patrocinadores, contratos, protestas, negocios y cifras astronómicas. Sin embargo, bastó que rodara la pelota para recordar una vieja verdad que la FIFA suele olvidar: el fútbol no necesita demasiadas reformas para emocionar. Necesita jugadores, público y una historia que contar.
La historia comenzó rápido. Julián Quiñones aprovechó un error defensivo sudafricano y convirtió el primer gol del Mundial 2026. El Azteca explotó como solo puede hacerlo un estadio que respira fútbol desde hace generaciones. Los sombreros volaron por el aire y las tribunas se transformaron en una marea verde y blanca.
México jugó con orden, intensidad y paciencia. Javier Aguirre, en su tercera etapa al frente de la selección, parece haber encontrado algo que en los últimos años resultó escaso: equilibrio. Su equipo no fue brillante, pero sí serio, y en los torneos largos esa suele ser una virtud mucho más valiosa que los fuegos artificiales.

Sudáfrica, en cambio, pareció sentirse visitante desde mucho antes del pitido inicial. Nunca logró imponer condiciones y terminó atrapada entre la presión mexicana y sus propios errores. La expulsión de Sphephelo Sithole al comienzo de la segunda mitad terminó de inclinar definitivamente la balanza.
La imagen más humana de la noche llegó con Raúl Jiménez. A sus 35 años, en su cuarta Copa del Mundo y todavía protegido por el casco que recuerda aquella gravísima lesión sufrida en Inglaterra, marcó el segundo gol mexicano y rompió en llanto. El homenaje silencioso a su padre fallecido en marzo valió más que cualquier celebración ensayada.
El encuentro, sin embargo, dejó una estadística curiosa. Tres tarjetas rojas en un partido inaugural constituyen un récord poco deseado para la historia de los Mundiales. Dos fueron para Sudáfrica y una para México. Más que agresividad, dejaron la sensación de un partido que terminó rompiéndose cuando ya estaba decidido.
Entre los elementos más discutibles de la jornada apareció también una de las nuevas costumbres de la FIFA moderna: las pausas comerciales disfrazadas de hidratación. Resulta difícil sostener que el espectáculo mejora cuando un partido se detiene para que la publicidad tenga su propio minuto de protagonismo. El fútbol sigue siendo el producto; el resto son accesorios.
Pero ni las tarjetas, ni los anuncios, ni el gigantismo organizativo consiguieron opacar el verdadero mensaje de la noche. El Azteca volvió a demostrar por qué ocupa un lugar especial en la memoria del deporte. Allí levantaron la Copa Pelé y Maradona. Allí se escribió parte de la leyenda del fútbol mundial. Y allí, una vez más, comenzó otra historia.
México arranca con tres puntos, confianza y un camino que parece favorable en su grupo. Falta mucho para saber hasta dónde llegará. Lo que sí quedó claro desde el primer día es que, pese a todas las transformaciones comerciales que rodean al torneo, el Mundial sigue conservando una capacidad extraordinaria: durante unas horas logra convencer a millones de personas de que el fútbol todavía pertenece a la gente.
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