
La escena es conocida: la Juventus reclama, gesticula, habla de contexto, de pandemia, de sacrificios colectivos. El árbitro escucha, el VAR revisa… y el fallo vuelve a ser el mismo. Cristiano Ronaldo tenía razón. Otra vez. La épica del club chocó contra algo menos romántico pero más efectivo: el derecho laboral.
Este 19 de enero de 2026, el Tribunal Laboral de Turín confirmó lo que ya estaba escrito desde 2024. La Juventus debe pagar, y pagó, 9,8 millones de euros al futbolista portugués por salarios no abonados durante la pandemia. Sin remontada judicial, sin descuento por camiseta pesada ni por pasado glorioso. El marcador quedó congelado.
Durante el COVID todos “renunciaron”, todos “ayudaron”, todos “hicieron equipo”. Al menos en los comunicados. En los contratos, sin embargo, la historia fue otra. El acuerdo salarial pandémico terminó siendo un castillo de naipes legales, sostenido más por la fe que por las firmas claras.
Ronaldo, con su salario sideral de 31 millones netos anuales, no reclamaba limosnas. Reclamaba lo suyo. Meses impagos que, en su escala salarial, equivalían a lo que otros clubes no ven en una década. El problema no fue el monto: fue creer que el silencio posterior equivalía a perdón eterno.
La Juventus apostó a que el tiempo, la salida del jugador y la narrativa del “todos perdimos” jugarían a su favor. Perdió la apuesta. Los jueces fueron claros: el acuerdo no anulaba derechos, y el retraso en reclamar no borra una deuda. Fin del debate.
Lo irónico es que el tribunal ya había sido generoso. Concedió solo la mitad de lo que originalmente se adeudaba. Ni siquiera fue un triunfo absoluto para Ronaldo, pero sí una derrota simbólica para un club acostumbrado a doblar reglas como si fueran defensas mal paradas.
Este caso no trata de simpatías ni de egos, aunque ambos sobren. Trata de una institución que confundió poder con impunidad y de un jugador que, lejos del relato del villano millonario, decidió ir hasta el final. No por orgullo, sino por principio. Y por contrato.
La Juventus sale otra vez del campo con la cabeza gacha, sumando un capítulo más a una década donde los problemas ya no nacen en la cancha, sino en los despachos. El VAR judicial no entiende de historia, solo de hechos. Y esta jugada estaba clara desde el inicio.
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