
Domingo 12 de julio de 2026
Wimbledon también sabe mirar hacia atrás. En tiempos de tenis vertiginoso, celebraciones explosivas y emociones transmitidas en alta definición, Jannik Sinner y Alexander Zverev disputaron una final con cierto perfume retro: grandes servicios, oportunidades escasas y la sensación permanente de que un solo error podía cambiar el destino de la tarde.

Ganó Sinner por 6-7 (7-9), 7-6 (7-2), 6-3 y 6-4. Perdió el primer set, pero no perdió el orden. Tampoco la paciencia. Mucho menos la cabeza. El italiano de 24 años defendió así su título en el All England Club, conquistó el quinto Grand Slam de su carrera y se convirtió en el décimo hombre capaz de revalidar Wimbledon en la era Open.
No hubo grandes aspavientos. Sinner no pertenece a la escuela del teatro gestual. Mientras otros jugadores convierten cada punto en una pequeña representación dramática, él administra las emociones como si fueran un recurso estratégico. Apenas algún puño discreto hacia su palco, una mirada, un gesto. Solo al final, cuando ya no quedaba nada por controlar, se dejó caer sobre la hierba.

Y entonces se entendió todo.
Poco más de un mes antes, París había dejado una herida inesperada. Sinner cayó en la segunda ronda de Roland Garros, quebrando una racha de 30 partidos invicto y, con ella, aquella sensación de invulnerabilidad que comenzaba a acompañarlo. Hubo pruebas médicas, trabajo lejos de los torneos y largas jornadas de preparación en Mónaco. Wimbledon no comenzó, por tanto, con un campeón paseando su corona, sino con un número uno reconstruyendo certezas.
Zverev hizo cuanto pudo para discutirlas. Su primer servicio fue una formidable pieza de artillería: alcanzó los 220 kilómetros por hora y mantuvo una precisión extraordinaria incluso cuando el viento decidió participar de la final sin haber sido invitado. Durante buena parte del encuentro, el alemán consiguió devolver el partido a otra época, aquella en la que la hierba premiaba a los grandes sacadores y cada devolución era casi una pequeña conquista territorial.
El primer set cayó de su lado en el tie-break. Durante un momento pareció posible que su reciente triunfo en Roland Garros hubiera terminado de liberar al jugador que durante años convivió con la pesada pregunta de cuándo llegaría su gran título. Zverev jugó con decisión, buscó la red y mostró una agresividad renovada. Pero frente a Sinner no basta con abrir una puerta: hay que atravesarla antes de que vuelva a cerrarse.

El segundo tie-break cambió la tarde. Sinner tomó ventaja desde el primer punto, recuperó la iniciativa y comenzó a imponer ese tenis suyo que parece sencillo únicamente porque él lo ejecuta con una limpieza extraordinaria. A partir de allí, la final dejó de ser una discusión entre dos servicios para convertirse, lentamente, en una prueba de resistencia mental.
Zverev empezó a equivocarse. Su derecha perdió precisión, los errores no forzados se acumularon hasta llegar a 45 y la frustración terminó sobre el césped junto con su raqueta. En el tercer set cedió el quiebre decisivo. En el cuarto todavía presentó batalla, salvó oportunidades y obligó a Sinner a mantener la concentración hasta el último tramo. Pero la dirección del viaje ya estaba marcada.

Hubo también un instante que recordó que detrás de la tensión todavía quedaban dos deportistas. Zverev resbaló y se llevó la mano a la rodilla. Sinner cruzó la red para ayudarlo a levantarse. Después regresó a su lado de la cancha y continuó intentando derrotarlo. La cortesía tiene sus límites, especialmente en una final de Wimbledon.

Zverev puede marcharse de Londres con razones para mirar hacia adelante. Campeón en París y finalista por primera vez en Wimbledon, confirmó que su tenis ha encontrado una versión más ofensiva y valiente. Pero esta vez volvió a encontrarse con un rival que, en los momentos importantes, pareció disponer de un segundo más para pensar y de un grado menos de temperatura en la sangre.
Cuando llegó el último punto, Sinner finalmente abandonó la compostura. Cayó sobre la hierba y dejó que la emoción hiciera lo que durante cuatro sets no le había permitido hacer.
Wimbledon había coronado otra vez al mismo campeón.
Pero no exactamente al mismo hombre.
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