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El Mundial de los sueños… y de las tarjetas de crédito

Durante décadas, los dirigentes del fútbol soñaron con conquistar Estados Unidos. Ahora que lo han conseguido, algunos aficionados comienzan a preguntarse si el precio de la entrada incluye también la hipoteca de la casa.

La FIFA quedó bajo la lupa de las fiscalías generales de Nueva York y Nueva Jersey, dos estados que albergan algunos de los partidos más importantes del Mundial 2026, incluida la gran final. La acusación no gira alrededor de goles anulados ni arbitrajes polémicos, sino de algo mucho más sensible para el ciudadano común: el dinero.

Según las autoridades, el organismo rector del fútbol habría utilizado sistemas de precios dinámicos y liberaciones graduales de entradas que terminaron empujando los valores a niveles nunca vistos en la historia de los Mundiales. Lo que comenzó como una fiesta global amenaza con convertirse en un campeonato reservado para bolsillos de élite.

Los números ayudan a comprender el malestar. Entradas que inicialmente podían adquirirse por algunas decenas de dólares terminaron multiplicando su valor varias veces. Para determinados encuentros, los precios alcanzaron cifras que harían sudar incluso a un ejecutivo de Wall Street. En la final, algunos asientos superan ampliamente los ocho mil dólares.

Pero el precio no es el único problema. Los investigadores también quieren saber si ciertos aficionados terminaron recibiendo ubicaciones diferentes a las que habían comprado originalmente. Dicho de otro modo: algunos pagaron por una vista privilegiada y terminaron contemplando el partido desde una distancia menos gloriosa.

La cuestión resulta especialmente delicada porque el fútbol atraviesa en Estados Unidos el mejor momento de su historia. Lo que durante décadas fue considerado un deporte extranjero, casi exótico frente al béisbol, el baloncesto o el fútbol americano, hoy atrae a millones de jóvenes seguidores. El balón finalmente logró cruzar el Atlántico; ahora falta saber quién puede permitirse verlo rodar.

Las cifras de audiencia muestran una expansión notable del interés por el deporte, especialmente entre las nuevas generaciones. Para las marcas y patrocinadores, se trata de un tesoro. Para la FIFA, de una fuente de ingresos gigantesca. Para muchos aficionados, en cambio, la sensación es menos romántica: sienten que fueron invitados a una fiesta cuyos precios cambiaron después de aceptar la invitación.

Los fiscales hablan de posible confusión, escasez artificial y prácticas que podrían haber contribuido a inflar el mercado. La FIFA sostiene que la demanda extraordinaria explica buena parte de los aumentos y destaca el enorme volumen de entradas vendidas. Entre ambas posiciones aparece una pregunta sencilla: ¿hasta dónde puede llegar la lógica comercial sin traicionar el espíritu popular del fútbol?

Porque el Mundial nació para reunir a las tribunas del planeta, no para transformarlas en un club exclusivo. El negocio es legítimo; el espectáculo también. Sin embargo, cuando una familia necesita hacer cálculos propios de una inversión inmobiliaria para asistir a un partido, el riesgo es que la pasión termine observando el torneo desde el sofá.

Quizás la investigación no cambie el marcador final. Pero recuerda algo que el fútbol conoce desde hace más de un siglo: los estadios se construyen con cemento y acero, aunque su verdadero cimiento siempre fueron los aficionados. Cuando ellos empiezan a sentirse visitantes en su propia fiesta, hasta la copa más brillante pierde algo de su brillo.


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