
París suele ser tierra de grandes campeones, pero de vez en cuando también recuerda que el tenis sigue siendo un deporte humano. Y cuando el cuerpo decide rebelarse, ni siquiera el número uno del mundo encuentra refugio en el ranking. Jannik Sinner lo descubrió de la manera más cruel, cuando tenía prácticamente cerrado su pase a la siguiente ronda de Roland Garros.
El italiano dominaba con autoridad. Había ganado los dos primeros sets, controlaba los intercambios y estaba a un puñado de puntos de liquidar el encuentro frente al argentino Juan Manuel Cerúndolo. Todo indicaba una tarde rutinaria para el máximo favorito del torneo.
Pero entonces apareció el rival que nadie había sorteado en el cuadro. No llevaba raqueta ni figuraba entre los cabezas de serie. Se llamaba agotamiento, mareos, falta de energía y un calor que convirtió la Philippe-Chatrier en una especie de horno elegante con tribunas.
Sinner comenzó a perder puntos, luego juegos y finalmente el control de un partido que parecía resuelto. Las pausas médicas y los prolongados minutos fuera de la pista encendieron el debate. Algunos observaron una aplicación flexible del reglamento. Otros simplemente vieron a un jugador al borde del colapso intentando terminar su jornada laboral.
Las críticas no tardaron en llegar. El extenista británico Tim Henman habló de un posible trato de favor y muchos recordaron casos recientes donde otros jugadores no recibieron la misma indulgencia arbitral. El tenis moderno, obsesionado con los cronómetros, difícilmente deja pasar estas diferencias sin levantar sospechas.
Sin embargo, más allá de las interpretaciones reglamentarias, hay un hecho imposible de discutir. Sinner regresó a la pista, pero nunca volvió realmente al partido. Perdió dieciocho puntos consecutivos, cedió la iniciativa y terminó arrastrando unas piernas que ya no respondían a la velocidad habitual del campeón.
Y allí apareció Cerúndolo. Porque las victorias históricas no se construyen únicamente sobre los errores o las desgracias del rival. También exigen serenidad para aprovechar la oportunidad cuando ésta golpea la puerta. El argentino mantuvo la cabeza fría mientras alrededor crecía la incertidumbre y terminó firmando el mejor triunfo de toda su carrera profesional.
Para el tenis argentino, la victoria tiene sabor especial. No todos los días se derrota al número uno del mundo en un Grand Slam. Mucho menos después de verse dos sets abajo y cuando el adversario parecía estar listo para cerrar la persiana.
La eliminación también altera por completo el paisaje parisino. Sin Carlos Alcaraz y ahora sin Sinner, Roland Garros pierde a sus dos principales referencias contemporáneas y abre una puerta inesperada para otros aspirantes que observaban el torneo desde una prudente distancia.
Al final, la fotografía más curiosa de la jornada no fue la polémica por los minutos fuera de la pista ni las discusiones reglamentarias. Fue la imagen de un número uno vencido por su propio organismo mientras un argentino aprovechaba el instante más importante de su vida deportiva. Porque en el tenis, como en la vida, a veces el rival más peligroso no está del otro lado de la red. Está debajo de la piel.
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