
Murrayfield amaneció vestido de bruma, gaitas y expectativa. No es un detalle folclórico: en Escocia, cuando suena The Flower of Scotland, se activa una mezcla de orgullo y urgencia que transforma cualquier partido en un juicio nacional. Hoy, además, los anfitriones llegan con un nudo en el estómago: la derrota ajustada ante Nueva Zelanda dejó una sensación amarga, casi de ocasión robada.
La caída de White por enfermedad obliga a los escoceses a improvisar a última hora, y eso siempre tiene un costo. No es solo perder a un medio scrum fiable: es alterar la partitura en un equipo que ya venía afinando sobre la marcha. Y enfrente aparecen los argentinos, que llegan con una confianza que no se compra ni se entrena: se construye con golpes propios y ajenos.
Porque Argentina llega inflada, sí, pero con argumentos. El 52–28 sobre Gales fue más que una victoria: fue una declaración de intenciones. Un mensaje al hemisferio norte de que este noviembre no están de visita turística. Y cuando un equipo entra a Murrayfield con esa energía, el frío escocés sirve apenas para templarle las ideas.
La historia entre ambos no ofrece refugio: 11 victorias por lado desde 1990. Un empate perfecto que cuenta, sin decirlo, que aquí nadie llega como favorito. La estadística es un espejo: cada uno ve al otro como un desafío personal. Y eso, en rugby, suele asegurar un partido sin tregua.
Para Escocia, perder hoy sería cerrar noviembre agarrada solo a los triunfos ante Estados Unidos y, probablemente, Tonga. Poco botín para un equipo que pretende competir entre los grandes. La localía de Murrayfield pesa, pero a veces pesa más como obligación que como impulso.
Argentina, en cambio, juega a dos golpes del ranking mundial por encima y con un grupo de backs capaces de convertir errores ajenos en highlights globales. Son aventureros, sí, pero calculadores: saben cuándo arriesgar y cuándo morder. Y eso incomoda a cualquier defensa que duda medio segundo.
Los últimos resultados de ambos equipos invitan a leer el partido en clave de montaña rusa: ni Escocia ni Argentina llegan con una línea recta de rendimiento, pero ambos muestran picos capaces de incendiar un estadio. La única certeza es que la tarde no será tranquila para nadie.
Esperemos emoción, golpes de carácter y un final apretado. En Murrayfield, cuando dos equipos llegan urgidos y orgullosos, la lógica se retira a la tribuna y deja que hablen los tackles.
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