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La tregua al dente

Milán amaneció con el espíritu olímpico en la boca y el bozal de seguridad en el rostro. Citius, altius, fortius, communiter; traducción simultánea: más rápido el convoy, más alto el vallado, más fuerte el blindaje, juntos… pero separados por zonas rojas.

La tregua olímpica, invocada con solemnidad, se anunció entre drones y francotiradores. La paz pidió asiento en San Siro; la logística le reservó palco con visibilidad limitada. Nadie discute el lema: se aplaude. Lo incómodo es el protocolo que lo acompaña.

Los líderes desfilaron como si el COI hubiera cambiado el pebetero por un detector de metales. Unos llegan solos para no sentarse con quien no conviene; otros prefieren la geopolítica por turnos, que es más digestiva que compartir grada. El “juntos” se practica por franjas horarias.

La comitiva estadounidense convirtió el tráfico en coreografía: decenas de vehículos para recordarnos que la humildad viaja en bicicleta. La familia, los uniformes personalizados, la foto en el hielo: diplomacia de utilería, branding de proximidad. El deporte como selfie con fondo institucional.

Entre tanto, Milán cercada, luce sus joyas a los visitantes VIP. La Última Cena como menú de relaciones públicas; Kiefer como telón de fondo para el apretón de manos. El arte hace de pasillo; la ciudad, de escenario.

La política se reúne donde mejor se digiere: alrededor de un paccheri con estrella. La tregua se pronuncia con boca llena y el consenso se marida con Ribolla Gialla. Nada une más que un tiramisú compartido, salvo quizá una foto que no conviene.

Se habla de “oportunidad diplomática global” como si el olimpismo fuera un ascensor emocional: sube, posa, baja. La paz entra por la alfombra roja, saluda, y se queda esperando a que la agenda la libere del cóctel.

La seguridad convierte la hospitalidad en vitrina. Milán recibe, sí; pero a través del cristal. El visitante observa, el anfitrión custodia, y la ciudad aprende a sonreír con casco.

Al final, el lema promete juntos mientras el operativo practica separados. La diplomacia olímpica corre, salta y brinda; la tregua mira desde la grada, esperando que alguien la saque a competir de verdad.

✍️ El testigo incómodo | 2026

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