
Especial para la Gloriosa XVI-LMGE
Hay triunfos que cuentan por dos: por lo que significan hoy y por lo que despiertan mañana. El de Inglaterra sobre Nueva Zelanda en Twickenham —el primero desde 2012— entra en esa categoría de victorias que dejan cicatriz ajena y huella propia. Los All Blacks no son un rival: son una frontera. Y Steve Borthwick consiguió algo que Inglaterra perseguía hace más de una década: mover esa frontera, aunque sea un metro, aunque duela.
No fue una actuación completa, pero sí una declaración de carácter. Inglaterra venía creciendo desde febrero, escalando en silencio, esperando un cuero cabelludo grande para validar la narrativa. Lo encontró esta tarde y lo firmó con tinta indeleble. Diez victorias consecutivas y la posibilidad de amanecer terceros en el ranking mundial: eso ya no es estadística, es una tendencia.

El comienzo fue un déjà vu conocido: ventaja de 12 puntos para los All Blacks después de los tries de Fainga’anuku y Taylor, aroma a sentencia prematura y la tentación de bajar los brazos. Pero esta vez Inglaterra no se quebró. No hubo resignación, hubo rebelión. Las oportunidades perdidas —Coles detenido sobre la línea, Underhill sin poder conectar con Feyi-Waboso— no desordenaron la cabeza. Y el equipo respondió con un inesperado parcial de 25 puntos sin respuesta.
Ahí apareció George Ford, el hombre que un año atrás había vivido una agonía en el último suspiro. Esta vez, en cambio, escribió un poema de redención: dos drop goals exquisitos para devolver a Inglaterra al partido, un 50:22 perfecto y un control del juego tan quirúrgico que por momentos pareció que los All Blacks miraban hacia arriba buscando de dónde caían esas bombas espirales.

Ollie Lawrence, por su parte, firmó el try que abrió la remontada con la potencia de un centro que conoce la historia y tiene ambición de escribir la suya. Un movimiento limpio desde scrum, una carrera señuelo, un pase plano y la sensación de déjà vu de quienes aún recuerdan cómo Manu Tuilagi deshilachó aquella defensa neozelandesa en 2012. La línea de sucesión volvió a activarse.
La tarjeta amarilla a Codie Taylor inclinó la cancha, pero Inglaterra no esperó favores: golpeó donde dolía, aceleró donde hacía falta y encontró en Underhill y Mitchell la confirmación de un pack que volvió a creer en sí mismo. Los All Blacks respondieron con brillo intermitente, pero también con errores impropios: un pase perdido de Carter, un scrum desviado, una defensa que dejó de imponer miedo.

Dingwall sumó su try, Twickenham empezó a vibrar como en los tiempos legendarios, y aunque Nueva Zelanda amagó con volver al partido, Ford se encargó de apagar cualquier sombra: penal al 76’ y el golpe de gracia marcado con la frialdad de los viejos aperturas que no tiemblan cuando la historia llama.
El try final de Tom Roebuck fue sólo decoración: la victoria ya estaba escrita, las preguntas ya estaban lanzadas y el rugido de Twickenham ya había cruzado el Atlántico y el Pacífico. Inglaterra, después de años errantes, vuelve a estar en la conversación seria del rugby mundial.

Y Nueva Zelanda… bueno, por primera vez en mucho tiempo, parece estar escuchando más preguntas que respuestas.
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